"Cuando hubo terminado, la guerra tenía muy diversos resultados, pero uno de ellos
dominaba y trascendía al resto: la desilusión."
Barbara Tuchman, The Guns of August (1962)
Mientras escribo estas líneas, a fines de un violento agosto, el conflicto entre
Israel y Jezbolá pende de un frágil cese al fuego, se trazan ambiciosos planes de una
fuerza de paz dirijida por Europa de 15.000 uniformados de la ONU, y se oyen renovados
llamados a "desarmar" las fuerzas de Jezbolá al interior del Líbano. El secuestro de
soldados israelitas por parte de Jezbolá, su lanzamiento indiscriminado de misiles a zonas
civiles de Israel, así como los devastadores contraataques israelitas, han motivado
numerosos debates sobre el derecho internacional. A pesar de que nadie se hace ilusiones
de que el conflicto sea resuelto en un tribunal de justicia o siquiera por la ONU, la batalla
por los corazones y las mentes se lucha en parte mediante apelaciones al imperio del
derecho.
Amnistía Internacional sostiene que Jezbolá e Israel son culpables de delitos de
Guerra y ha solicitado a la ONU una investigación exhaustiva e imparcial sobre las
violaciones al derecho internacional humanitario por ambas partes. Con respecto a Israel,
el Informe de Amnistía Internacional apunta a una masiva destrucción de vecindarios y
poblados civiles completos, así como ataques a instalaciones de agua potable,
supermercados y puentes sin importancia estratégica. El informe, fechado el 23 de
agosto, cita declaraciones de oficiales del ejército israelí que sugieren que esos ataques fueron planeados para presionar al gobierno libanés y la población civil a que se
volvieran en contra de Jezbolá, y sostiene que sus expresiones indican que las
consecuencias de las ofensivas no califican como "daño colateral" ni como efectos
secundarios indeseados del uso de civiles como "escudos humanos" por parte de Jezbolá.
Una "Carta Abierta" al Presidente Bush fechada el 14 de agosto expresa a su vez la
preocupación de la organización acerca de posibles transferencias de municiones de
racimo de EE.UU. a Israel, ya que el uso de tales bombas podría constituir ataques
ilegales o "indiscriminados" a civiles si llegaran a ser usadas en zonas urbanas. La misiva
de tono legalista cita las Directrices de la ONU sobre Transferencia Internacional de
Armas, junto al décimo sexto de los Artículos sobre Responsabilidad de los Estados (que
reconoce la responsabilidad internacional de un estado cuando "ayuda o asiste" a otro en
la comisión de un acto internacional ilegal), para sugerir la complicidad de los EE.UU. y
solicitar, al mismo tiempo, una renovación de la prohibición de suministro de bombas de
racimo a Israel impuesta inicialmente durante el gobierno de Reagan.
Si bien se plantean problemas de derecho "escrito" tanto respecto de Jezbolá
como de Israel a causa de los cañones y bombas de agosto (ver, p.e., el Comentario de
miembros de nuestro Consejo en este periódico, tal como los ASIL Insights publicados el
17 y 24 de agosto por Frederic L. Kirgis y Jonathan Somer: "Some Proportionality Issues
Raised By Israel's Use of Armed Force in Lebanon" y "Acts of Non-State Armed Groups
and the Law Governing Armed Conflict", respectivamente), las preocupaciones respecto
de Israel planteadas por Amnistía Internacional y otras entidades se centran en los
principios más fundamentales del derecho humanitario, a saber, que, tal como dijo J.S.
Pictet, "los beligerantes no debieran causarle daño a sus adversarios en una medida que
exceda el objeto que motiva el conflicto, que es destruir o debilitar las fuerzas del
enemigo." A pesar de estar reflejado en las Convenciones de Ginebra, este estándar de
equilibrio proporcionado es, o un principio general del derecho, o bien una norma de
costumbre universalmente aplicable, que ha sido reconocido por tribunales nacionales e
internacionales.
La manera en que se ha aplicado la proporcionalidad a los cañones de agosto ha
levantado voces críticas. Richard Cohen, columnista del Washington Post, fue
particularmente ácido en una columna de opinión publicada el 25 de julio. Ahí sugirió
que aquellos que piden una respuesta israelita "proporcionada" son simplemente antisemitas.
Cohen afirma que, con respecto al Medio Oriente, "la proporcionalidad es una
locura. Para Israel, un pequeño país que, como hemos visto, está al alcance de misiles
lanzados del patio de la casa de cualquier enemigo situado en un país vecino, la
proporcionalidad lisa y llanamente no es aplicable. Equivale a un suicidio. La última cosa
que [Israel] necesita es una guerra de desgaste. No es suficiente quitar esta o aquella
batería de misiles. Es necesario volver a imponer normas que prevengan la conducta de
antemano: Si me abofeteas, te voy a romper los focos. El que alguien solicite
proporcionalidad es estúpido o malvado. La única manera de garantizar que ni los bebés
van a morir en sus cunas, ni los ancianos en las calles, es hacer que los libaneses o los
palestinos entiendan que, por muy presionados que lo hagan, si albergan esos misiles, van
a pagar un precio muy, muy caro."
Los abogados internacionalistas tienen la responsabilidad de educar a gente como
Cohen. Al igual que muchos principios generales del derecho o normas generales de la
costumbre, la regla de la proporcionalidad es fácil de aplicar en algunos casos. Pocos
abogados internacionalistas defenderían un ataque intencional contra civiles, sin importar
si proviene de misiles no dirigidos de Jezbolá, bombas de racimo o bombarderos
israelitas. Considerando que Cohen defiende los ataques a los civiles libaneses para
hacerlos "entender,' está en lo correcto cuando dice que el derecho internacional prohibe
actos de tal naturaleza, pero, si los historiadores de las campañas militares realizadas con
tales propósitos (p.e., Ernest May, The "Lessons" of History, 1973) tienen alguna razón,
con toda seguridad está equivocado cuando sostiene que el bombardear civiles los hará
más empáticos con los atacantes.
Por otra parte, el decidir si un ataque que incidentalmente es legalmente
"excesivo" no se trata simplemente de mirar cuál lado le causó más daño a la población
civil del otro. Al contrario de lo que sugiere Cohen, la regla de la proporcionalidad no
exige que Israel responda "con sólo un misil por cada uno que se dispare en su
dirección." La proporcionalidad implica, tal como David Kaye, miembro de la ASIL,
sostiene en una columna de opinión del 27 de julio en el San Francisco Chronicle, un
juicio subjetivo sobre "si el uso de la fuerza que le causa daño a los civiles está
justificado por las ganancias procedentes de eliminar el objetivo específico de Jezbolá."
A falta de pruebas tipo "pistola caliente" respecto de una clara intención de Israel de
atacar a civiles, una investigación imparcial de los actos de esa nación requeriría aplicar
este examen más estricto y subjetivo a decisiones concretas adoptadas por su ejército.
Es difícil equilibrar la proporcionalidad porque, como ha indicado la propia Alta
Corte de Israel, requiere la realización de determinaciones tanto objetivas como
subjetivas, a saber 1) si los medios militares empleados ayudan de manera razonable a
alcanzar el objetivo militar; 2) si, incluso asumiendo que el primer examen ha sido
satisfecho, el ejército empleó los "medios menos dañinos" para conseguir sus legítimos
objetivos; y 3) si el daño causado a los civiles guarda una "proporción adecuada" con los
beneficios perseguidos. La Alta Corte de Israel aplicó estos exámenes cuando se
cuestionó la construcción de una porción del "muro" israelí, indicando que, lejos de ser
anti-semita, la proporcionalidad era un principio tanto del derecho internacional como
israelita que debía aplicarse. Si bien la Alta Corte le prestó considerablemente mayor
importancia a las preocupaciones de seguridad de lo que hizo la Corte Internacional de
Justicia (CIJ) en su Opinión Consultiva de 2004 sobre el mismo tema, sostuvo que el
estándar de proporcionalidad era "objetivo" al grado de no tratarse de un asunto de
decidir meramente si los comandantes militares habían actuado de buena fe. Más aun, la
corte israelí, a pesar de estar muy consciente de la amenaza que los actos terroristas
representan para la sociedad israelita, sostuvo que la tercera (y decisiva) determinación,
que incluye medir los beneficios de seguridad buscados en comparación con los tipos de
daños impuestos a la población civil, constituiá un cálculo legal y objetivo que podía ser
realizado por los jueces. En un acto significativo, la Corte determinó que el tercer examen
no se veía satisfecho en algunos de los segmentos del muro; decidió que los riesgos de
seguridad que pretendían evitarse no justificaban la ubicación de la construcción en
algunos respecto y le ordenó al ejército re-examinar esas decisiones. (Ver Beit Sourik
Village Council v. The Government of Israel, HCJ 2056/04, Judgment of President A.
Barak.)
Las aplicaciones judiciales de proporcionalidad, ya sea por la CIJ o la Alta Corte
Israelí, no indican que esta regla, por muy general que sea, constituya la inflexible "receta
para la perdición" que Cohen ve, ni el inofensivo juguetito de poder que sugieren los
críticos del derecho consuetudinario. La proporcionalidad es un principio sutil que, al
igual que muchos otros, intenta conciliar la utopía y la apología y, sin embargo, consigue
logros tanto respecto de las preocupaciones humanitarias como de las más prácticas de
seguridad. Se ha ganado un lugar decisivo en el proceso de toma de deciones militares.
Como muchos principios generales o normas de costumbre, su atractivo para los
gobiernos y el público en general - tanto abogados como legos - reside en su equidad
básica.
La demanda de Cohen de que reemplacemos la proporcionalidad con la ley de la
selva del matón de escuela se hace eco de la instatisfacción que algunos creadores de
políticas estadounidenses tienen con lo que Cohen llama descalificadoramente la "loca
idea de guerra de la Marquesa de Queensberry." Entre las lecciones surgidas de los
cañones de agosto está el que las colectividades no responden frente a los matones de la
misma forma que algunos individuos, y que aquellos que desechan las normas jurídicas a
las cuales recurrir y con las que conducir una guerra, lo hacen a su propio riesgo.