Tal como proclamamos
orgullosamente en la propaganda de la ASIL, realmente
“no hay nada en el mundo” que se asemeje
a nuestra reunión anual. ¿En qué
otro lugar puede uno encontrar a más de mil
abogados internacionalistas y académicos intentando
encontrar iluminación en (y conexiones entre)
los más de 28 paneles y numerosas editoriales
académicas? ¿En qué otro lugar
puede encontrarse una combinación semejante
de políticos, abogados destacados, gente con
poder en los círculos de Washington, respetados
árbitros y jueces, y funcionarios de gobierno
– todos codeándose alegremente –
entre jarras de café sin fondo – con
animados (y casi agresivamente jóvenes) estudiantes
de derecho, además de académicos algo
nerds de los que sólo otros colegas (tan nerds
como ellos) han oído hablar?
Si mis cáculos no fallan, la
de este marzo será la vigésimo quinta
reunión anual a la que asista, y tras todos
esos años puedo decir con certeza que el encuentro
sigue siendo el festín intelectual de siempre.
Una cosa sí ha cambiado, claro está:
al principio me colaba en la parte trasera de un gran
salón del Hotel Mayflower en mi hora de almuerzo,
con la credencial del Departamento de Estado todavía
colgándome del cuello, esforzándome
para poder oír pedazos de la sabiduría
que brotaba de un podio lejano, ocupado por cuatro
cerebros extremadamente inteligentes. (Por estos días,
lo más probable es que no me encuentren absorbiendo
silenciosamente el exceso de riqueza intelectual al
alcance de la mano, sino más bien preocupándome
de una crisis administrativa de último minuto
o calmando los sentimientos heridos de ALGUIEN MUY
IMPORTANTE cuyo nombre o afiliación institucional,
por alguna razón inexplicable, hemos escrito
mal en nuestros (increíblemente costosos) programas
para la reunión).
Es fácil ver la continuidad entre
una reunión anual y la siguiente. A pesar de
que la composición de nuestra sociedad se ha
vuelto más cosmopolita, y la entidad más
sensible a la necesidad de acoger a un espectro diverso
de miembros, algunos nombres y caras suelen aparecer
en el programa año tras año –
lo que resulta insoportable o reafirmante, según
se quiera. Salvo algunas excepciones (como el inolvidable
(y agotador) año en que los organizadores adscritos
a la teoría crítica del derecho nos
hicieron desfilar por una maratón de paneles
que se realizaban entre las 7 a.m. y las 11 p.m.),
la mayoría de las reuniones anuales están
estructuradas de una manera similar: discurso inicial,
paneles diarios de las 9 a las 5, seguidos por agradables
recepciones/enervante asamblea general/aburrido discurso
del Presidente/interminable banquete formal/paneles
plagados de bostezos el sábado a la mañana/carrera
al aeropuerto. Y, la verdad, sea dicha, algunas de
las ponencias suelen representar más las predecibles
preferencias de los exponentes que al mundo real –
pero, aun entonces, los ácidos comentarios
postmortem en los pasillos hacen que la experiencia
valga la pena. Muchos de los grandes debates de hace
un cuarto de siglo son sorprendentemente similares
a los de hoy – y a veces, si uno cierra los
ojos, puede imaginarse a los antagonistas de ayer
en los zapatos de los que hoy están frente
a uno. A los veteranos como yo pueden perdonársele
algunos ocasionales sentimientos de déjà
vu. ¿Eran los argumentos que sostenían
los defensores y opositores al fallo de la CIJ sobre
Nicaragua realmente tan diferentes de aquellos que
ahora defienden o se oponen a la Operación
Libertad Iraquí? ¿Puede ser possible
que todavía estemos debatiendo sobre los méritos
de la Convención del Derecho del Mar o bien
si el derecho consuetudinario internacional insiste
en que se pague una indemnización tras la adopción
de medidas que “cercanas a la expropiación”?
¿Es realmente posible que todavía estemos
intentando “equilibrar” los derechos y
responsabilidades de las compañías multinacionales
con las de los estados en que operan?
Y, claro, como alguien que está
involucrado en la Sociedad, ahora sé también
que debajo de las similaridades superficiales, las
reuniones anuales cambian mucho de año a año,
y no sólo en su tema o el hotel que las alberga.
Sé, por ejemplo, que la versión de este
año es el producto de un inusual intento de
reflejar una democracia que parte desde las raíces
en vez de que permitir una dominación vertical
de comité. El aplicado comité de trabajo
de la reunión anual de este año, liderado
por Chantal Thomas, Charles Hunnicutt y William Aceves,
optó por darle una oportunidad a las propuestas
de paneles provenientes de todos los miembros de la
Sociedad, y no sólo a aquellas de los grupos
de interés que existen al interior de la colectividad.
Su llamada abierta a ideas para los paneles y panelistas
tuvo un éxito mayor al que cualquiera hubiese
esperado, arrojando cerca de 80 propuestas que entraron
a competir por los 28 cupos que permitían el
presupuesto y el espacio físico del que se
disponía. Si bien no tengo ilusión alguna
de que el resultado de ello vaya a recibir menos críticas
que en el pasado por parte de aquellos que no resultaron
seleccionados, la reunión de este año
puede decir con más solidez que en años
anteriores que se ha producido una representación
democrática.
Una parte de mí no puede aguantarse
a escuchar lo que nuestros miembros y luminarias invitadas
van a decirnos sobre “El Futuro del Derecho
Internacional.” Espero con ansiedad escuchar
la crítica del premio Nobel Joseph Stiglitz
al orden económico internacional (e incidentalmente
de las instituciones financieras internacionales)
– y oír cómo le responde, durante
la ponencia inaugural Grocio, Rachel Kyte, de la Corporación
Financiera Internacional. Sospecho que muchos de los
temas de Sitglitz también saldrán al
debate en el variado conjunto de paneles sobre el
derecho económico que se ofrecen en el programa
– sobre la Ronda de Doha de la OMC, inmigración
y comercio, derecho internacional privado, la enseñanza
y la investigación del derecho internacional,
la litigación transnacional en los tribunales
estadounidenses, la Convención de las Naciones
Unidas sobre Venta de Bienes, el arbitraje sobre inversiones,
y las visiones del consejero general sobre el impacto
del derecho internacional en las compañías
multinacionales. También tengo la sospecha
de que el ganador de la medalla Hudson (y leyenda
del derecho internacional) Andreas Lowenfeld se encargará
de referirse a todo esto y mucho más en el
curso de la entrevista que le hará otra leyenda,
el decano de la Escuela de Derecho de Yale Harold
Koh.
De manera muy apropiada para un año
en que el documental “An Inconvenient Truth”
recibió un Oscar, el primer panel de derecho
ambiental estará destinado a discutir si los
decisores de disputas internacionales jugarán
algún rol en el problema del cambio climático,
mientras que paneles vinculados a éste analizarán
si los abogados están listos para enfrentar
desastres naturales futuros, como tsunamis, huracanes,
terremotos y asteroides, o bien la degradación
de los recursos naturales del planeta causada por
el hombre. El futuro de la seguridad internacional
será el tema del caleidoscópico discurso
de la cena anual que pronuncie Philip Bobbit, autor
de The Shield of Achilles y el aún
inédito Terror and Consent, así
como de paneles acerca del rol de la Corte Suprema
de EE.UU. en la “guerra contra el terror,”
la seguridad de la frontera entre Canadá y
EE.UU., el régimen de no-proliferación
nuclear, y la interacción entre los contra-insurgentes
y los terroristas. El futuro del desarrollo será
abordado por expertos de la academia y el mundo profesional,
que se referirán al derecho internacional de
la salud, de la comida, y de internet, así
como los temas de dominio surgidos del conocimiento
tradicional y los recursos genéticos. Además
de ello, dos paneles, uno de dos dedicados a académicos
jóvenes que respondieron a un llamado abierto
de la Sociedad a presentar trabajos, se referirán
a los proyectos de transformación jurídica
actualmente en curso en África. El futuro de
la teoría del derecho internacional estará
representado por un panel plenario compuesto de las
máximas estrellas que reunidas en Georgetown
se referirán durante una tarde al tema central
de la conferencia, así como por paneles centrados
en las políticas de identidad (un panel sobre
identidades sexuales, una mesa redonda sobre ciudadanía),
el imperio del derecho, la ética de la abogacía,
democracia y género, y actores no/sub-estatales
y los problemas de gobierno transnacional. Los que
busquen enfoques más prácticos o concretos
podrán asistir a presentaciones sobre los esfuerzos
transnacionales de las escuelas de derecho estadounidenses,
el uso de la tecnología en la enseñanza
e investigación del derecho, reuniones de grupos
de interés a tempranas horas de la mañana,
o a un panel sobre la internacionalización
de las sociedades de derecho internacional. El futuro
de los derechos humanos será abordado en paneles
sobre los hitos post-Sosa en los tribunales estadounidenses,
la promoción de la justicia social, los legados
y realidades actuales de la esclavitud, los esfuerzos
de reformas institucionales en el campo de los derechos
humanos, foros judiciales alternativos para los esfuerzos
de justicia transicional, y las perspectivas futuras
para el derecho internacional del trabajo.
Finalmente, para aquellos que no se
queden satisfechos con dedicarle sólo dos días
y medio a estos asuntos, está la posibilidad
de expandir sus horizontes intelectuales quedándose
una semana completa en Washington D.C. gracias a un
conjunto de eventos programados para coincidir con
la reunión anual de la ASIL. Éstos incluyen
dos días de paneles de conmemoración
del vigésimo quinto aniversario del Programa
de Estudios Jurídicos en la American University,
un programa conjunto de un día de duración
entre la ASIL y la Universidad George Washington sobre
los Derechos de Propiedad Intelectual en India y China,
un programa de un día de duración co-patrocinado
por la ASIL y el Tribunal Administrativo del Banco
Mundial sobre los Tribunales Administrativos Internacionales
y el Imperio del Derecho, el lanzamiento de un libro
co-patrocinado por la ASIL y el Instituto Estadounidense
para la Paz (para celebrar a Council Unbound:
The Growth of UN Decision Making on Conflict and Post-Conflict
Issues after the Cold War, de Michael J. Matheson),
o la cuarta conferencia anual de medio día
organizada por el Instituto para el Arbitraje Transnacional
y la ASIL, que en esta ocasión versará
sobre El Futuro del Arbitraje entre Estados, evento
que concluye justo antes del comienzo de la asamblea
general, el miércoles 28 de marzo. (Para obtener
los detalles de todos estos programas, así
como un programa actualizado de la reunión
anual de la ASIL, visite asil.org).
A pesar de que la reunión anual
de este año incluye al menos un panel que promete
entregar una perspectiva histórica –
una retrospectiva de la Convención de La Haya
de 1907 y los Protocolos de Ginebra de 1977 –
su promesa más específica se refiere
a mirar hacia el futuro, al segundo siglo de la Sociedad,
más que hacia el pasado.
Aquellos que se dedican a examinar cómo
las sociedades antiguas han prosperado o fallado,
y especulado sobre las razones de ello, extraen de
ello lecciones históricas. Al final de una
deprimente revisión de las catástrofes
naturales que, en su opinión, contribuían
a explicar el colapso de diversas importantes civilizaciones,
el exitoso autor Jared Diamond (en Collapse (2005))
encuentra “razones para tener esperanza”
de que las sociedades de hoy – incluyendo la
nuestra – no tienen por qué estar condenadas
a un derrumbe súbito justo después de
haber alcanzado la cima de su poder. Diamond sostiene
que, a pesar de los alarmantes paralelos entre los
casos previos de colapsos y nuestra sociedad, existe
una diferencia promisoria. Gracias a la tecnología
moderna y a la capacidad de acceder con rapidez a
los mayores talentos del mundo para resolver nuestros
problemas, hoy tenemos un poder de aprender del pasado
que le fue negado a muchas civilizaciones antiguas.
Ahora tenemos la capacidad de evitar formas desastrosas
de pensamiento de “grupo” o “multitud,”
caracterizadas por una sensación prematura
de evidente unanimidad y la supresión de cualquier
duda personal o de la expresión de visiones
contrarias. Diamond sostiene que las mismas fuerzas
que nos amenazan – la interconexión global
que nos expone a los terroristas de Afganistán
o al cambio global – también nos permite
saber qué está sucediendo al otro lado
del mundo de una forma que le era imposible a la civilización
maya clásica o a la griega micénica
2000 años antes. Las comunicaciones instantáneas
y las porosas fronteras que presentan serias amenazas
a la seguridad nos permiten también enterarnos
y aprender de los desafíos que las distintas
sociedades enfrentan alrededor del planeta. Actualmente
poseemos un poder para escuchar a y aprender de aquellos
en situaciones distintas a la nuestra que no tiene
precedentes en la historia de la humanidad.
El libro de Diamond sugiere que todo
lo que necesitamos para evitar un colapso es la capacidad
de escuchar, una mente abierta, y la disposición
para aceptar directrices de una variedad de disciplinas.
La reunión anual de la Sociedad es un lugar
en el que puede producirse ese aprendizaje interdisciplinario
global que le da esperanza a Diamond.
En suma, es un lugar perfecto para revisar
“El Futuro del Derecho Internacional.”
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